viernes, 25 de julio de 2008

LUIS CORVALAN, UN INICITADOR A RECUPERAR LOS DERECHOS Y LAS UTOPÍAS



LUIS CORVALAN, UN INCITADOR A RECUPERAR LOS DERECHOS Y LAS UTOPÍAS

Nuestra historia a ojo de los que gritamos “y que fué, aquí estamos otra vez”
UNA INCITACIÓN A RECUPERAR
LOS DERECHOS Y LAS UTOPÍAS


Los comunistas y la democracia, el último libro de Luis Corvalán Lépez, editorial LOM, 152 páginas, una revisión histórico-política al siglo XX que sin recetas ni consejos sacude desencantos.
Lanzado al encuentro de lectores en acto reciente en la sede de la CUT, acto que fue un virtual tributo a Salvador Allende.
Su texto aborda los siguientes temas: A 100 años de la matanza en la Escuela Santa María; La confabulación con el imperio yanqui contra la democracia chilena;
El Partido Comunista de Chile en la lucha por la democracia;
La democracia bajo los gobiernos posdictadura; Democracia y socialismo; La renacionalización del cobre para una democracia real; Palabras finales.
Por Guillermo Ravest.



No soy crítico literario ni politólogo. Simplemente un periodista viejo, apasionado e inquieto como tantos, por la suerte de nuestro pueblo. Fresco el acicate de la reciente lectura de esta última obra de Corvalán, aspiro a compartir certezas y esperanzas que ella renueva. Que las hay las hay. Pero vamos primero con los desencantos y los desencantados con el modelito neoliberal que nos legó la dictadura.

Quien se haya percatado en estos mismos días de los titulares de la prensa y los noticieros televisivos o los temas que abordan nuestros opinólogos comprobará que fueron para acentuar la depresión. Y mucho más si sopesamos qué valores se nos falsean o esconden. Entre ellos, la democracia travestida que insisten en presentarnos cual virtual señorita.. Aún esperamos, por ejemplo, una reacción acorde a la supuesta honra y honor militares mancillados por la recién condenada “asociación ilícita” y delictual que encabezó el inimputable Augusto Pinochet para asesinar alevosamente al general Carlos Prats. Un silencio ominoso.

Somos, en los descuentos del cuarto gobierno concertacionista –o concertacesionista-, un pueblo cada día más ayuno de esperanzas. Y no se trata sólo de esa multitud nacional que hoy debe comprar con dinero plástico hasta el alimento destinado a medio parar la olla o adquirir medicamentos, en cómodas cuotas mensuales y que, agregados los intereses, consumen el 62 por ciento de sus ingresos. Su deuda, según la Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras, alcanza a la suma de 836 mil 400 millones de pesos. Nuestro ministro del Interior, no compra la mantequilla ni el kilo de pan con tarjeta de crédito, pero anda más depre que si estuviera obligado a hacerlo. El jefe político de la Concertación, Edmundo Pérez Yoma, es el autor de esa reciente frase con olor a epitafio: “hay que estar preparados para perder el poder”.

¿Cuáles otros sucesos de estos días retratan nuestra democracia de libre mercado? Este gran y modesto chileno que es Corvalán nos hace una radiografía de ella. Los miles de litros de aguas nauseabundas y urticantes lanzadas sostenidamente por las Fuerzas Especiales contra estudiantes y maestros, para impedir y contener su movilización, represión aplaudida hipócritamente por la prensa del sistema. En contraste, el escándalo nacional del litro de agua que la jovencita María Música arrojó contra el autismo de la ministra de Educación y su apoyo al lucro parasitario de los sostenedores.

Simultáneamente, el intendente metropolitano autorizaba que jóvenes neonazis –fachos relictos del pinochetismo- marcharan por el centro con sus insignias, banderas y gritos oprobiosos para cualquier democracia que se estime tal. Las acciones de virtual guerra contra mapuches de Tirúa que aspiraban a rescatar su predio arrebatado por una forestal, enésima demostración de una voluntad racista de Estado. La detención de una documentalista con falsos cargos, a la que además se le secuestran sus videos para ayudar a la policía en la detección de “indios violentistas”.

Y como no podía faltar en tiempo de elecciones, aparecieron los tiesos personeros de la Moneda repitiendo sus inefables monsergas por la renuencia de la juventud a inscribirse en los registros electorales: “no es posible que ocho de cada diez jóvenes en edad de votar no se inscriban”. Esta actitud corre a parejas con el desencanto –cuando no el repudio- que una mayoría de chilenos expresa hacia la denominada “clase política”, congresistas y partidos, que con sus políticas nos han convertido en uno de los países más inequitativos del mundo. Contamos con más multimillonarios en relación a su población. Sin embargo, el 60 por ciento de sus habitantes -10 millones- sobreviven con menos de 82 mil pesos mensuales. Si en 1990, al inicio de los gobiernos concertacionistas, el nivel de ingresos del 5 por ciento de los chilenos más pobres era 110 veces menor que el del 5 por ciento más rico, esta brecha creció escandalosamente a 220 veces en el año 2005.

Todos pergueñamos que la economía es la esencia de la política. Apoyándose en análisis de economistas como Hugo Facio, Manuel Riesco y José Cademártori, Corvalán explica, sin adjetivos, cómo la Concertación ha proseguido, diligentemente, la obra de Pinochet y sus Chicago boys en hacer más ricos a los ricos. Con la sencillez de un sereno maestro primario don Lucho va mostrando la conversión del país en un Chile S.A. Recorre las falencias espeluznantes en la valoración del factor trabajo, las secuelas de superexplotación y subcontrataciones, cómo se le exprime lucro a la previsión social, a la salud, a la educación empujando a los chilenos a la enajenación y a una situación de sobrevivencia. Demuestra que con la “democracia de mercado” que heredamos en 1990, sólo queda constatar con Martín Fierro que: “las razones de los pobres son como campanas de palo”.

Nos recuerda, por ejemplo, una confesión –sin confesionario de por medio- del dirigente Edgardo Boeninger, al finalizar la primera administración de la Concertación: “el gobierno de Patricio Aylwin cumplió la misión de legitimar el modelo económico impuesto en años de la dictadura”. Era el tiempo de “la justicia en la medida de lo posible”, con pinocheques y boinazos. Le siguió el eslogan de gobernar con equidad, también “en la medida de lo posible” y que ahora nos lo pintan como un “gobierno ciudadano”, en la medida de lo posible. Ha sido una transición inacabable. Lo único sostenido en este aquelarre de disfraces es que los partidos pinochetistas se acicalan de centristas y la dizque centro-izquierda actúa como neoliberal. Y si los “nostálgicos del pasado” salen a la calle a demandar que las promesas incumplidas durante estos últimos 18 años se hagan verdad, la respuesta unánime es “duro con ellos”.

Salvo pequeños retoques, persiste el tufo pinochetista en el código del trabajo, en el sistema electoral binominal, en la educación transformada en mercancía, en la pérdida de potestad de los trabajadores sobre sus fondos provisionales, en un país que sigue liquidando su soberanía a favor de los conocidos de siempre y la voracidad de las transnacionales: el agua, el cobre y sus riquezas minerales, los 2.1 millones de hectáreas de bosques plantados con generosos subsidios fiscales, las tierras mapuches usurpadas. Incluida la vida y las esperanzas de la mayoría de sus habitantes.

Pero ¡ojo!, Corvalán, aunque escriba la historia desde el punto de vista de los vencidos, de los jodidos de siempre, recuenta masacres y lapsos de avance, pero deduce que en todo origen de progreso o desarrollo, siempre están presentes el sudor y la sangre de los insumisos, los rebeldes de buena cepa que persisten en sus utopías.

Lógicamente, a despecho de sus 92 años, Corvalán no es un hombre quieto ni solitario. Maestro primario, su experiencia de vida en el último saldo de la dictadura de Ibáñez lo hizo comunista desde 1932, periodista, senador, secretario general durante más de un cuarto de siglo de un partido que entregó con 250 mil militantes en 1973, sigue repicando para que las campanas del pobre suenen como bronce sonoro.

Típico dirigente de su clase, estudioso autodidacta, su vida es un acervo de experiencias vitales bajo dos dictaduras (González Videla y Pinochet) –flagelado policialmente por sus ideas, sufrió prisiones y relegaciones, el confinamiento en el campo de concentración de Pisagua y en isla Dawson, enviado al exilio en 1976 que luego desacató para reingresar clandestinamente a la patria bajo las barbas de Pinochet. Como persona, se confiesa felizmente monógamo de Lily Castillo y fiel a su origen campesino, aquerencia hijos y hasta bisnietos y cultiva verduras y cría pollos y conejos cuando puede.

A los intelectuales posmodernistas, que se esfuerzan por embellecer el actual capitalismo del desastre, Corvalán debe resultarles inclasificable. Seguramente lo califiquen de anacrónico, porque persiste en su arraigada certeza de que al pan hay que llamarlo pan. No relativiza en sus exposiciones. Y mantiene absolutamente afilado y vigente su sentido crítico para exponer con hechos morrocotudos la verdad y la mentira.

Por eso, a Luis Corvalán habría que adscribirlo a la postura que el sociólogo Atilio Borón describe como “pensamiento crítico, que tiene como punto de partida el principio hipocrático de luchar por la salud y el bienestar del pueblo y de la sociedad, que están enfermos”. En Chile, en América Latina y en todo el orbe. Y siempre, su preocupación esencial también ha sido el de la salud del partido de Recabarren. En 1952 cuando tras la razzia anticomunista de González Videla el PC quedó con tres mil militantes, según escribe Corvalán en uno de sus libros: ya no era tiempo de lamentaciones. Lo primero que debíamos hacer era sacar el partido a la calle, ponerse al frente de las reivindicaciones de las masas, a todo viento y a todo sol.

Pero esto, con ser lo primero –reflexiona- “no es suficiente para construir un gran partido y lograr que éste sea capaz de darle conducción al pueblo. Tiene que conocer su país, su realidad, su composición de clase, sus problemas, sus tradiciones, la idiosincrasia de su gente, las costumbres de su pueblo. Saber cuáles son las transformaciones sociales que están a la orden del día, descubrir y proclamar el carácter de la revolución y, además, dominar el arte de unir las fuerzas correspondientes para el salto cualitativo de la sociedad”. Son pasas para la memoria aún vigentes.

Es obvio que también persisten ciertas orejas de palo y que cada etapa histórica tiene sus propios bemoles. Al margen de los factores objetivos –la crisis del sistema capitalista, objetivamente delineados en esta obra en lo que toca a nuestro país- queda el quid de los factores subjetivos: ¿estamos los chilenos dispuestos a seguir tolerando el avasallamiento de la sociedad y el asalto al país para engordar el lucro de una ínfima minoría? ¿O debemos contentarnos por optar por soluciones tipo mal menor? En estos mismos instantes, junto a la arremetida imperial, los pueblos de América Latina luchan por un futuro deseable. Algunos invocan el socialismo, el nuevo u otra forma inédita de un modelo más justo e incluyente, donde todos sus segmentos sean necesarios, incluyendo la memoria de nuestros muertos.

Para rescatar una democracia real y humanista, don Lucho nos recuerda: “Cada milímetro de avance que el país ha tenido en su vida política y social ha sido el fruto de la organización y la lucha de su pueblo”. Tampoco entrega recetas en este su último libro, pero convoca: “¡En la lucha por la renacionalización del cobre, una Constitución y un gobierno verdaderamente democráticos construyamos el entendimiento y la acción común de todos los sectores patrióticos!”
Y es como oir a don Lucho en alguna antigua reunión de militantes, pero añadiendo un: “Bueno, ¡basta de cháchara compañeros, ahora, manos a la obra!”

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